Desde que toqué el suelo de este continente por primera vez en 2003 he vivido varias experiencias especiales con relación a los sentimientos. Como soy colombiano, creo que hago parte de esa idea por el mundo expandida de que los latinos somos muy expresivos y sentimentales. No sé si sea cierto en todos los casos así que no me arriesgo a generalizar. Lo que sí es cierto (según mi experiencia) es que aquí en Europa los sentimientos se expresan a menudo de manera diferente. A la mayoría de los colombianos muchas veces nos resulta complejo llevar relaciones sentimentales con europeos porque tienen una forma diferente de expresar lo que sienten. Es más, muchas veces no dicen lo dicen. Uno sabe que lo quieren a uno pero como raramente nos lo dicen, eso a muchos afecta. Asimismo, muchos colombianos se abstienen de decir que quieren a sus seres queridos pero lo expresan de otras maneras, por ejemplo, mediante el contacto físico y el “calor humano” o las palabras cariñosas. Aquí es diferente. El contacto físico es raro y hay que esperar un cierto tiempo para que un francés o un alemán (según mi experiencia) exprese sus sentimientos abiertamente. Las relaciones sentimentales interculturales son complejas y hay que ser muy comprensivo y paciente porque nunca las cosas serán como en su propio país. Y eso hay que aceptarlo. Por cierto, quizá aquí no sean tan cálidos pero a lo mejor la calidad de los sentimientos de muchas personas es hasta mejor que en Colombia por aquello de que “en el sur somos (más) cálidos pero también (más) falsos”… Pero bueno, ese no es el tema ahora.

Otro ejemplo es el dolor y la tristeza. Esta semana me pasó algo que me puso a pensar. Estaba en casa de mi novia (en Francia). Allí no son creyentes o son católicos no practicantes. La única que lo es la abuela, que tiene unos 80 y pico de años. La viejita estuvo un poco enferma durante estos días de navidad. Para la ocasión vino a Francia la mayor de sus hijas, quien vive en Asia desde hace 20 años. También estuvo ahí su hija menor, quien vive en otra ciudad de Francia. Por diversas razones estoy acostumbrado a las despedidas en los aeropuertos y sé lo triste que es dejar a los seres queridos del otro lado de ese vidrio oscuro o de esa puerta que una vez uno pasa no se vuelve a abrir. Muchos prefieren no volverse atrás para evita ver a los que se quedan ahí batiendo las manos o secándose las lágrimas. Esta semana la hija que vive en Asia se iba de regreso a su país y fue a despedirse de su mamá, la viejita. En ese momento yo estaba hablando con la viejita (y con la hija menor) porque vio que yo tenía un calendario con una virgen. Al ver el calendario, me preguntó si la virgen era Santa Rita. Yo le dije que no sabía porque era un calendario que venía de Rusia y yo no conocía a esa virgen. En todo caso, la señora, después de mostrar su sorpresa porque yo era católico practicante, como muchas viejitas, se puso inmediatamente a contarme anécdotas y a hablarme de Santa Rita. Me hizo pensar el mis abuelas. Me dijo que en la ciudad de Nevers, donde ella vivió gran parte de su vida, está conservado el cuerpo de Bernadette, una de las pastoras que vio a la Virgen de Lourdes (http://fr.lourdes-france.org/approfondir/bernadette-soubirous/corps-de-bernadette). Estábamos, pues, hablando de vírgenes, peregrinos, milagros, etc., cuando irrumpió su hija mayor, que se quería despedir de su mamá antes de salir para el aeropuerto. Esta besó a la mamá y la abrazó en un gesto que duraría tres o cuatro segundos e inmediatamente se alejó. A la viejita se le aguaron los ojos y cuando la hija se alejó, se volvió a sentar en la silla donde estaba mientras hablábamos. Al verla así miré a su otra hija, la menor, quién me hizo una mueca de tristeza y resignación al ver que yo me había percatado (casi sin querer) de que a su mamá se le habían aguado los ojos. Se quedó tranquila hasta que vino su nieta a despedirse ya que también se iba. Después de que se fueron hija y nieta, permanecimos ahí sentados los tres. La situación era un poco incómoda porque después de haber sido testigo de esa escena sin habérmelo esperado, yo ya no podía seguir la conversación que llevábamos antes de la interrupción.

Ese momento fue muy fuerte porque sentí como propio lo frío del gesto. La hija se despidió de su mamá en cinco segundos sin saber con certitud si habría una próxima vez, dada la avanzada edad de la señora. La miró al salir porque oyó sus gemidos contenidos. Supe que tanto la hija como la madre sufrían en ese momento.

Al vivir en un país extranjero debe uno, tarde o temprano, quiera uno o no, adaptarse y respetar las particularidades de la  cultura del país que nos acoge. Así, lo primero que me pasó por la cabeza al ver esa despedida fugaz fue que “la procesión va por dentro”. Aunque no se expresen o se expresen a medias, aunque se expresen sin palabras, aunque se disimulen o aunque pretenda negarlos, los sentimientos siempre están ahí, sea uno de la cultura que sea, duren lo que duren, se vean o no.
 



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